Hace cinco milenios, el cosmos no era el vacío silencioso que conocemos hoy, sino un campo de batalla ardiente. Las galaxias colisionaban bajo el peso de una voluntad oscura: Laproz. Aquel ente, una anomalía interdimensional que desafiaba todas las leyes de la física humana, fijó su mirada hambrienta en la Tierra. No buscaba nuestras tierras ni nuestros mares, sino la energía residual, una fuerza invisible y pura que palpitaba en el núcleo del planeta.
La humanidad, en su estado más inhóspito y primitivo, habría perecido de no ser por los Dioses Antiguos. En una batalla que fracturó la realidad, los dioses lograron lo impensable: despojaron a Laproz de su esencia. Su poder, demasiado vasto para ser destruido, fue dividido en cinco fragmentos y arrojado a los confines más oscuros del universo.
Aquel evento, conocido como La Gran Caída, marcó el fin de una era.
En la actualidad, el nombre de Laproz es solo un susurro en textos prohibidos o una teoría de conspiración para los locos. Sin embargo, la sangre de los dioses no se extinguió del todo. Sus descendientes caminan hoy entre nosotros, ocultos a plena vista, llevando en sus venas pequeñas chispas de ese poder ancestral. El mundo parece en calma, pero en las grietas de la realidad, algo ha comenzado a despertar.